La verdad

Posted on enero 12, 2010 por

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Se presentó hace mucho una situación, entre personajes cuya identidad no afecta en lo absoluto el punto de este escrito.
Existía una mujer hermosa, y que a pesar de todos los adjetivos que yo quiera darle, de todos los adornos que yo pudiera otorgarle, su belleza no merecería mis halagos. Era preciosa, robaba miradas y corazones, arrebataba el aliento y era objeto de innumerables pretendientes. Tenía ojos azules, ojos que sentías podían traspasarte y escudriñar tu alma, tu mente, tu ser entero. Su esencia era equiparable al mítico perfume que Grenouille preparó con aquellas doncellas que hubieron de morir en pos de algo mucho más grande y valuable que la simplicidad de sus vidas. Poseía unas hermosas y bien torneadas piernas, además de un busto proporcionado a su altura y un cabello que coronaba tal perfección. Era una diosa encarnada, una Venus palpable…

Esta hermosa mujer era modesta y reservada, se guiaba por un simple pero deseable precepto: “No hagas a otros lo que no quieres para ti”, y de esta forma había salido triunfante en sus empresas. Así pasando el tiempo y estando esta hermosa mujer en el punto cúlmen de su belleza, conoció a un hombre que le cambió la vida. Este hombre era un ser abominable, aborrecible, odioso, digno de desprecio, era una alimaña con vida, cuyo pasado era tan execrable y cuya fortuna era tan risible que sorprendió a toda la comunidad que semejante hermosa mujer se enamorara de tal cosa. Pero la peor parte no radicaba en este hecho de por si abominable, sino que el problema era que el hombre estaba tan ensimismado con el vicio y con la podredumbre con la cual había vivido tanto tiempo que odiaba a tan hermosa mujer. No había nadie en ese lugar que no diera su vida por aquella hermosa mujer, y sin embargo el hombre la odiaba. La odiaba con todo su ser, la odiaba con todas las fuerzas de su corazón… Es extraño como en ocasiones puede jugar el azar con las personas, y esta vez decidió jugar de esta forma.
Esta hermosa mujer fue primero interesándose en el hombre, observándolo, espiándolo, encariñándose con el, lo llegó a querer, para después pasar irremediablemente a amarlo. Fué entonces cuando sus sueños dejaron de poseer la tranquilidad que siempre detentaron, cuando una quimera de amor comenzó a hacer mella en la hermosura de semejante mujer. Esto era inconcebible, no podía jamás haber en semejante perfección una mancha, no podía ser así, era absurdo que en tanta pureza comenzara a aparecer la mácula aquella. Esto no lo pudieron soportar muchos pretendientes, quienes simplemente dieron la media vuelta y se fueron con un corazón deshecho. Pero hubo alguien que, a pesar que no deseaba a la hermosa mujer, no podía vivir sabiendo que semejante belleza estaba mancillada. El no lo podía permitir, no se podía dar ese lujo. Asi que pensó, reflexionó y meditó por días y noches para encontrar que hacer, y un buen día mientras pensaba cayó en un profundo sueño. En su sueño el se encontró en un enorme prado, y se dirigió hacia un río cristalino por un camino de oro. El paisaje denotaba una gran calma, no había ruido alguno más que sus pisadas por ese camino dorado. El cielo estaba más que despejado, y sin darse cuenta del tiempo llegó a un claro, donde fluía agua a borbotones, rompiendo de esta forma el silencio reinante en el lugar, pero de una forma sutil y exquisita. Se acercó al claro y a pesar del movimiento del agua pudo observar su reflejo sin distorsión alguna en ella. Y en ese momento sintió la necesidad de hablar, de contarle todo lo que su corazón venía cargando a su reflejo, y ya que no había nada que se lo impidiera, así lo hizo. Habló, dejó caer todo su peso en el agua, dejó caer sus lágrimas en el agua, dejo a su espíritu reposar al fin, y culminó así su relato: “Yo se que ese hombre odia a la hermosa mujer, el me lo ha confesado, me lo dijo a mi… ¿Que debo hacer? ¿Deberé decirle la verdad a esta hermosa mujer?” Y después todo ruido cesó… la calma se apoderó del claro y el agua dejó de fluir… Extrañado, el hombre se aventuró a ver su reflejo, el cual le habló de la siguiente manera: “Deberás decir la verdad con la inteligencia, la palabra o el gesto, ya que la “verdad” no es “lo que tú crees” sino “lo que la situación necesita”. No debes ser sincero, debes ser “útil”. Entiende, esta hermosa mujer está loca de amor, y si tu le cuentas que este hombre le odia, y se lo cuentas porque crees que debes, sólo causarás en ella una terrible agonía, y la orillarías al suicidio. Si te pregunta, dile que el la ama también, cálmala, prepárala, enséñale a amar otras cosas, a descubrir la hermosura dentro de ella misma. Cuando al fin esta hermosa mujer esté fortalecida ella encontrará naturalmente al ser que le corresponde, y entonces, sólo entonces, amará y será amada. Sólo así puedes decir la verdad con inteligencia porque hiciste el bien según concebías, dijiste la verdad con palabras porque ellas transmitieron tu bondad, y dijiste el bien, la verdad con el gesto porque actuaste sacrificando una parte de tu tiempo para ayudar a un necesitado. Ahora vete, y salva a esta hermosa mujer del ollín que este ruín hombre ha puesto en su necesad. Y el hombre despertó…

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